dissabte, 19 de juny del 2010

Día 223: Saramago

Hoy me he levantado más cabreado que de costumbre, hoy ha sido un día más lúgubre que de costumbre a pesar de que la noticia fue de ayer. Me dormí leyendo cosas de Saramago, alguien a quien he admirado siempre. Antes de leer nada de él, antes de saber algo de él, antes de oír su voz, algo había que me llamaba la atención y me atraía. Después, una vez oído, leído, conocido (hasta donde se puede decir conocer), lo que era una intuición se convirtió en certeza y en deseo. Si, Jose Saramago ha sido de las pocas personas con las que me hubiese gustado hablar, compartir, preguntar, charlar, escuchar. Por alguna razón que no llego a entender del todo (ni falta que hace) he admirado desde el primer día a Saramago como persona, incluso al margen de su literatura cuando la desconocía. Con el tiempo, todo lo que he leído sobre él, todo lo que he leído de él, lo que he escuchado que decía (con verdadera atención) ha producido en mí algo parecido a la veneración y generado el deseo de poder, más que hablar con él (¿qué le hubiese podido decir pobre de mi?) escuchar sus lúcidas palabras. No me cuesta nada fantasear nada e imaginar-me en algún paisaje lunar de su Lanzarote de adopción, sentado cerca de él, mirando el horizonte mientras escucho sus tranquilas y sabias palabras y llenas de sentido, con ese humanismo suyo, con ese pesimismo lúcido y atractivo.
Me levanto hoy de mal humor sabiendo que esa fantasía ya no podrá darse de ninguna manera, y que hay una persona menos en el mundo que despierta mi interés, y se que hay muy, muy, muy poquitos. Hoy tengo que hacer un tachón en el primer lugar de mi lista, y no se si habrá la posibilidad de remplazarlo. Pero la pena que es mía y egoísta, también lo es por el mundo que se queda un mucho más huérfano. Necesitaríamos unos cuantos Saramago para poder salvarlo y no sólo no los podemos clonar sino que perdemos al héroe original. Adeus Saramago, un vacío profundo se abre ante nosotros que dejamos de tener alguien a quien acudir en momentos de desesperación. Nos queda tu obra, pero no tú, y lamento eso.

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