Miro caras y no reconozco a nadie, escucho voces y me suenan desconocidas, ni tan siquiera el tacto me es familiar, y eso que no he salido ni por un momento de mi cotidianidad, me rodean las personas que más o menos tolero (hasta cierto punto y que son las menos) o a las que estoy obligado a tratar, que no son muchas. Mi mundo se ha tornado un mundo nuevo, irreconocible pero a pesar de la novedad, no me produce ninguna incertidumbre, ninguna emoción, para mi sigue siendo rutinario a pesar de la alienación que forzosamente produce no reconocer a nada ni a nadie en mi entorno, y lo que es peor, tampoco encuentro a faltar ni deseo encontrar a nadie. Quisiera que el mundo estuviera vacío, sin nadie, ni tan siquiera estos desconocidos que me saludan por la calle y que yo miro con un cierto tono de reconocimiento pero a la vez un cierto desprecio que no puedo dejar de sentir. Ninguna emoción en los encuentros, en los fugaces saludos con un breve gesto automatizado, nada, vacío y sombra, cenizas de lo que en alguna ocasión pareció ser.
Mi yo también ha mutado algo, no se si con la enfermedad, con el dolor o con mi decrepitud moral, física y psíquica. Yo también me encuentro tan vacío como la gente con la que me cruzo, carezco por igual de interés, no despierto interés ni en la gente ni en mi mismo, soy una especie de caja vacía de resonancia pero que con el paso de los años se ha resquebrajado y ya no suena, su sonido es sordo y apagado. Ya no soy ni tan siquiera un encantador de serpientes, ya se ha perdido todo tipo de llamada de atención, que ni busco ahora como no la busqué en el pasado, pero ahora parezco vivir en una cámara de vacío absoluto donde ni tan siquiera puedo oír mi propio silencio.
Es hora de morir una y mil veces, cada día muero al acostarme y al despertarme, muero a cada recuerdo que tengo, pero mis fuerzas no aguantan, se debilitan. Es hora de morir una vez más.