dilluns, 30 de novembre del 2009

Día 23: Helor

Afortunadamente ha vuelto el frío, después de mucho, mucho tiempo. El frío me reconforta un poco, sobretodo si fuera un frío intenso y duro, pero en las latitudes que nos movemos, esto no pasa nunca, así que debo acostumbrarme a pasar con días como hoy, un ligero frescor agradable y punto. El frío, notar el frío me hace sentir algo mejor, me hace sentir bien. Frío, oscuridad... quizás debería plantearme irme a vivir al norte, donde la noche puede llegar a ser larga y donde el frío, por mucho cambio climático que haya, siempre está presente. El frío hace que no haya insectos, saca a la gente de la calle, trae fenómenos atmosféricos severos, limpia el aire y da una sensación de frescor en la cara, que la corta, y eso es bueno para el enfermo. Siempre he querido quedarme aislado en una casa en la montaña mientras la nieve cae con fuerza mientras yo me pierdo entre la nieve, la ventisca o la niebla.
Pero para frío el que siento por dentro, independiente del que haga en el exterior. Es un frío que ha ido creciendo en mi interior a la vez que la enfermedad se ha ido apoderando de mi. Este frío ha ido helando poco a poco mi propio ser, y eso ha provocado que yo me pueda ir distanciando de mi mismo. El frío, el hielo se va posando en mis órganos internos, va cuajando y va acumulándose día a día haciendo más difícil el ser persona. Poco a poco el frío, el hielo saturará totalmente mi parte humana, mis órganos que me permiten ahora todavía (aunque más mal que bien) tener ligeros contactos con mis semejantes (cada vez menos), se quedaran tan helados como el hielo que se deposita encima... eso es, así será mi fin como persona, del que ya queda poco. Sólo hay que tener paciencia, lo único que temo, es que con el hielo, con el frío, el dolor aumenta.

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