diumenge, 3 de gener del 2010

Dia 57: el fin de los días

Tras mi silencio, la enfermedad no ha dado muestras de tregua, y estas han sido unas fechas duras y mi espíritu ha sufrido más de la cuenta, más de lo que imaginaba soportar. He intentado apaciguar los dolores de las pocas maneras que mis cortas entendederas me han dejado percibir, he hecho lo que pensaba que podría apaciguar un poco mi alma herida de muerte, de dejar de sufrir por un momento, pero ha sido inútil ya que creo que más que ahuyentar mi dolor, lo he triplicado o quintuplicado, he sufrido estúpida e inútilmente un tormento inmerecido, inútil y descaradamente absurdo. El dolor me persigue, el dolor me hace ser más y más inhumano y más misántropo y estos días he podido notar como soy un apestado social, un individuo que ha sido expulsado del paraíso de sus semejantes. Expulsado, repudiado, odiado y proscrito, pero eso no es lo que me infringe todo este dolor, el dolor viene del pasado, de un pasado día a día más lejano y más cruel, un pasado injusto conmigo, un pasado de traición, un pasado que ya no volverá, un pasado que sólo está en mi mente, un pasado que no existe más que para mi, que me aturde, que me confunde y que no me deja vivir en mi presente. El dolor siempre me acompañará, mi futuro ya está comprometido con el destino ya que no existe futuro para mi, sólo existe presente con dolor, y si quiere mi maltrecho cuerpo, de vez en cuando, un pasado perfecto que sólo hace que producir una y mil veces un dolor indescriptible, un dolor agudo, un dolor profundo.
La enfermedad sigue, la enfermedad, siempre ella...

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