dissabte, 18 de setembre del 2010

Dia 314: paseos con sorpresa

Ayer salí a pasear como hago siempre, cuando el sol ya se ha ido, cuando la ciudad empieza a ser más sombría, la gente se aparta de las calles y deja paso a los parias, que como yo, nos adueñamos de las calles. Como ayer además había tormenta, las calles estaban especialmente desiertas y dejaban paso a las aguas, que se abalanzaban sobre las pocas personas que nos atrevíamos a circular. La gente corría a la misma velocidad que las calles, tan solo yo parecía ralentizado extasiado con el espectáculo que el cielo me ofrecía, con sus rayos y centellas y su sonido atronador mientras el agua circulaba por todo mi cuerpo al que se pegaba la ropa. Después de la tormenta la gente volvió a señorearse de las calles y la molestia creció, sobretodo porque la gente me miraba con extrañeza, seguro que no entendían cómo alguien tan mojado puede ir tan tranquilo, sin ninguna prisa.
Cuando ya me batía en retirada, una llamada. Unas horas antes había decidido que no llevaría en mi paseo el teléfono, todavía no sé ni cómo ni porqué finalmente lo llevé conmigo. La llamada no despertó en mi ningún pensamiento que no hubiese tenido durante el día, pero me sorprendió oír esa voz que anhelo, me quedé helado y sin saber como reaccionar, debí parecer mucho más estúpido de lo que en realidad soy, la cual cosa no es menospreciable, en definitiva, no sabía que decir, tan sólo sabía lo que quería decir que sé que no puedo decir. Mil cosas que decir y ninguna posibilidad de hacerlo, tan solo la posibilidad de sentir, una cosa que no he dejado de hacer en ningún momento.
Después de la llamada, sensación extraña, alegría contenida e incertidumbre, y mil recuerdos que apenas me han dejado conciliar el sueño, tan solo finalmente conseguido gracias a la farmacopea.

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