dijous, 7 d’octubre del 2010

Día 334: la peste

La pestilencia se hace notar, y, por mucho que se pongan lujosas ropas y perfúmenes más caros y más lujosos, no hacen sino más evidente el hedor que sale de sus pútridas conciencias. Hay cosas que no se pueden disimular, como la clase, se tiene o no se tiene, lo aceptas y actúas en consecuencia o parecerás patético. No se debe esconder lo evidente bajo pena de ser visto, oído y olido como algo fuera de lugar, y eso produce una sensación extraña y desagradable. O eso o si tienes suficientes arrestos, puedes intentar engañarte a ti mismo y decir que te admiran, cuando lo que pasa es todo lo contrario. No sabéis como desprecio a esta gentuza, a estas no personas, que además se creen con catadura moral para pontificar sobre el bien y el mal, cuando ellos han hecho un pacto con el diablo que les condenará eternamente en el infierno de la mediocridad. Gente mediocre, haciendo lo que ha hecho siempre la gente mediocre desde que el mundo es mundo, joder a los que están a su alcance.
Vaya mierda de gente, vaya mierda de sociedad que ha ensalzado al mediocre y vilipendiado al genio, como parte de una estrategia ya desvelada por el mismo Nietzsche. No hay manera de seguir adelante con esta chusma, yo me apeo, yo me excluyo, yo me pongo manifiestamente en contra. Lo siento mucho, pero me cuesta seguir, y hoy no es por enfermedad ni estado de ánimo, hoy es por decencia y vergüenza, y lo más triste es que yo no debería sentirla y los que si que lo deberían sentir, están ahí, tan contentos de haberse conocido.

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