Hace días que no hablo de la enfermedad, estaba centrado en la ira que me corroe las entrañas y causa de mi extraño comportamiento de los últimos días. Que no hable no quiere decir que la enfermedad no continúe, que no avance inexorable hasta llegar a conseguir mi fin, mi final. Es curioso que no he podido olvidar el dolor ni un sólo momento pero he podido olvidar hablar de la enfermedad porque de hecho, mi enfermedad ya hace mucho tiempo que ha perdido interés para mi. La enfermedad me ha cambiado, me ha transformado en algo que ya apenas reconozco y que no me interesa en absoluto lo que le pase, tan sólo que no sufra más de lo necesario. El dolor me ha dejado una serie de efectos secundarios en mi interior que no me dejan concentrarme en lo que en su día eran prioridades para mi. El escenario ha cambiado, y el protagonista principal también, aunque el protagonista principal, en esta historia tiene un papel poco habitual, tiene la misma suerte que el secundario que aparece en las primeras escenas de una película de terror, al que inmediatamente le pasa algo. Yo estoy condenado, ya hace tiempo, y lo sé muy bien, lo tengo asumido por muy poco que me guste, pero quiero irme de aquí haciendo un último gesto, un gesto importante y lleno de simbolismo, un final digno a pesar de que mi vida ha carecido bastante de dignidad, o cuanto menos, es lo que me parece ahora cuando vuelvo la vista atrás.
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